El capitán Cebollino von Lindeman atraviesa el cerco enemigo en la posición de Igueriben logrando introducir en el puesto agua y municiones

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El 17 de julio de 1921, el capitán de caballería D. Joaquín Cebollino Von Lindeman con el 6º Escuadrón de Fuerzas Regulares Indígenas de Melilla nº. 2, atravesó el cerco enemigo en la posición de Igueriben logrando introducir en el puesto agua y municiones, tras lo cual volvió a romper el cerco y se incorporó a su unidad. Por este hecho le fue concedida la Cruz Laureada de San Fernando.

Situada a seis kilómetros de Annual, la posición de Igueriben se hallaba rodeada de alturas erizadas de riscos y los caminos que a ella conducían cortados por profundos barrancos. Cerca de la posición se alzaba la pequeña loma de Sidi Brahim -llamada por los españoles Loma de los Árboles-, que un pequeño cuerpo de guardia ocupaba a diario con el objeto de proteger la aguada, distante cuatro kilómetros y medio, y que era preciso recorrer a diario por no disponer de suficientes cubas ni de acémilas para transportarlas.

Cada dos días se hacía desde Annual un convoy escoltado por las fueras de Regulares, que tenían su campamento en esta posición. Aunque era camino surcado por profundos barrancos, lo conducían sin mayores dificultades, salvo en la ascensión a Igueriben, en la que el convoy era duramente hostilizado por los guardias de la harka. Con todo, los convoyes pasaban.

Las cosas empezaron a complicarse cuando la Loma de los Árboles -que servía únicamente de protección a la aguada, pero que las tropas no habían llegado nunca a ocupar de manera permanente- fue tomada el 16 de junio pero no por los españoles, sino por los combatientes rifeños, que se hicieron allí fuertes construyendo trincheras y parapetos, con el objeto de impedir la aguada y el paso de los convoyes.

Desde entonces, Igueriben se encontraba prácticamente sitiado, y el objetivo de la harka era obtener la rendición de la posición por el hambre, la sed y el agotamiento de las municiones. Los convoyes, aunque con dificultades y enormes pérdidas, conseguían aún pasar, pero el 17 de julio la harka lanzó un fuerte ataque contra las posiciones del frente Buimeyan-Annual-Igueriben, estrechando el cerco contra esta última.

A partir de ese día no se pudo hacer la aguada, con lo que la guarnición careció de agua para preparar el rancho. Un convoy de víveres y municiones logró pasar, gracias a la actuación del Capitán D. Joaquín Cebollino Von Lindeman, el cual logró introducir cincuenta y seis cargas en esta posición. Logró escoltar el convoy en los últimos tres kilómetros y a pesar de que el enemigo trataba de impedirlo, a toda costa consiguió llegar a ella el Capitán, tras empeñada lucha, siendo el primero en verificarlo y abrir la puerta (ayudado de algunos soldados) de la alambrada y quitar los sacos terreros que obstruían la entrada para el paso de las cargas.

Así mismo, realizado tal cometido, y después de dejar en Igueriben las acémilas y sus conductores, regresó con su escuadrón al grueso de la fuerza protectora del convoy, y que para efectuarlo tuvo que romper de nuevo el cerco enemigo. Recogió todas las bajas habidas en el combate. Éstas fueron muchas, y a pesar de esta gran acción, quedaron en poder de los rifeños varias cajas de municiones de artillería y piezas de ametralladora.
Por la noche, la posición quedó ya enteramente cercada por la harka, resultando inútiles todos los intentos por aprovisionarla y socorrerla.

Ante la urgente petición de auxilio del jefe de la posición, el comandante Benítez, el día 19 partió de Annual un convoy escoltado por una columna de Regulares al mando del Teniente Coronel Núñez de Prado, que no consiguió llegar, como tampoco pudo hacerlo otro convoy enviado ese mismo día por la tarde. Ambos tuvieron que retirarse tras sufrir numerosas bajas. Silvestre, que se había trasladado a Annual, dio a Benítez la orden de parlamentar con los rifeños, a lo que éste respondió:

“Los oficiales de Igueriben mueren, pero no se rinden.”

Todos los esfuerzos para hacer pasar el convoy, en concreto el día 21, resultaron vanos, intentando, sin conseguirlo, desalojar al enemigo de la posición y la inutilidad de prolongar más la resistencia. Silvestre dio a Benítez la autorización de evacuarla y retirarse sobre Annual. Dispuesto a resistir hasta la muerte, pero acatando esta vez las instrucciones del comandante general, Benítez habría respondido en esta ocasión:

“Nunca esperé recibir orden de V.E. de evacuar esta posición, pero cumplimentando lo que en ella me ordena, en este momento, y como la tropa no tiene nada que ver con los errores cometidos por el mando, dispongo que empiece la retirada, cubriéndola y protegiéndola la oficialidad que integra esta posición, pues conscientes de su deber y su cumplimiento de juramento prestado, sabremos morir como mueren los oficiales españoles”

(Extraído de la obra del Tte. Luis Casado Escudero”Igueriben, relato auténtico por el único oficial superviviente” pág.130)

Antes de evacuar la posición, todavía intentó Benítez resistir hasta gastar los últimos cartuchos, veinte por hombre. El último heliograma a Annual decía:

“Solo quedan doce cargas de cañón, que empezaremos a disparar para rechazar el asalto. Contadlos, y al duodécimo disparo, fuego sobre nosotros; pues moros y españoles estaremos envueltos en la posición”.

Y el cañón que disparaba desde Annual puede que abatiera a más de un soldado español confundido, en el asalto final, en un combate cuerpo a cuerpo con algún rifeño. Estos gestos como el del comandante Benítez, que de acuerdo con los cánones del honor militar, cabría calificar de heroicos no se dieron con demasiada frecuencia en 1921, se podría decir que fueron excepcionales.

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