Hace algún tiempo, un equipo de arqueólogos descubría en Rusia restos de un líder guerrero de hace más de 2500 años, enterrado junto a su caballo.

Se trata de dos túmulos “Escitas”, situados en La República de Altái (Siberia). Los montículos fueron descubiertos cuando unos agricultores locales estaban trabajando sus fincas.

Los “Escitas” eran nómadas iraníes que se movían a lo largo de las estepas euroasiáticas durante el siglo IX a.C. hasta alrededor del siglo IV de nuestra era. Se les considera como uno de los primeros pueblos en dominar el combate a caballo.

 

Armas escitas y pequeñas escamas de lámina de oro -que los investigadores creen habían adornado sus ropas- han aparecido junto a restos de un cinturón de cuero y trozos de hierro; incluyendo restos de una ofrenda funeral de un cordero.

Aunque se sabe que son más antiguos (hacia el 2000 a.C.) su primera aparición en la historia se produce en el siglo VII a.C. cuando entablaron una alianza con los asirios, aunque siglos después se aliarían con los enemigos de estos.

Bebían la sangre de la primera persona que mataban en combate y se hacían ropa con sus cabelleras.

Los Escitas eran los mejores jinetes de su tiempo, sobre su montura utilizaban cualquier arma, aunque se destaca el uso del arco. La élite de la caballería Escita eran sus nobles, que se equipaban con hachas, lanza o algún arma larga como la encontrada en Siberia.

Los escitas también fueron los primeros en elaborar cotas de malla, cosiendo argollas de metal sobre los coseletes de piel de su armadura. Se sabe, por excavaciones como la mencionada, que también decoraban con orfebrería sus cascos, monturas, ropajes y armamento.

Tan envuelto en leyenda está el origen como la desaparición de esta tribu de la escena histórica, etnia que, como apuntan algunos estudiosos, alternó el mayor salvajismo con la confección y el uso de objetos finamente elaborados.