Como sabéis, Grecia estuvo ocupada desde el siglo XV hasta 1821 por los turcos del Imperio Otomano. Durante la Guerra de Independencia griega (1821 – 1832) ocurrieron numerosos episodios, de entre los cuales se cuenta que sucedió lo siguiente:

En medio de una batalla, los turcos quedaron sitiados en la Acrópolis, para ser exactos se parapetaron en el mismísimo Partenón, y poco después se quedaron sin munición.

A fin de salir del paso, tuvieron la “brillante idea” de fundir balas nuevas. Necesitaban metal, más exactamente plomo ¿De donde iban a sacarlo? ¿Dónde hay metal en la acrópolis marmórea de Atenas? Pues en las grapas que unían los núcleos principales de sillares y columnas. Paradójicamente lo que hizo mantenerse en pie al edificio más emblemático de toda la Hélade, ahora podía ser la causa de su final.

Cuando los griegos contemplaron como iban desmontando bloque a bloque su “Símbolo Nacional” decidieron enviar -bajo bandera blanca- unos soldados para negociar una cosa; la negociación sería algo tal que así:

—Oficial Griego: “Buenas tardes, ¿es el enemigo? Miren… Si no desmontáis más piezas del Partenón os daremos unas cuantas cajas de balas que vemos que estáis necesitados…”

—Oficial Otomano: “Venga”

Poco más tarde, soldados griegos, dejaban en terreno neutral unas cajas enormes… Los turcos se acercaron desconfiados, las recogieron y, al abrirlas, quedaron perplejos: ¡las cajas estaban llenas de munición!

Gracias a este hecho, no consiguieron para la batalla – es más, les dispararon más-, pero salvaron gran parte del monumento.

Este hecho fue absolutamente real, se calcula que entre los destinados a este fin y los que desmontaron para hacer barricadas, serían arrancados unos 520 bloques de mármol del monumento.