Se considera el inicio de la era vikinga en junio del año 793, con el asalto al monasterio de Lindisfarne, una comunidad monástica que se encontraba en Inglaterra.

Al percatarse de la debilidad defensiva de algunos territorios europeos y de las riquezas que se hallaban en los centros religiosos, los vikingos se dedicaron a asaltar estos lugares cuando no comerciaban.

La leyenda negra también se apoderó de los vikingos y fueron representados a lo largo de la historia como un pueblo que se dedicaba solo al asesinato, al pillaje y que portaban en sus cabezas cascos con cuernos (como el demonio), pero no, la realidad no fue esa.

Los vikingos formaban parte de una sociedad avanzada en la que la mujer podía tomar decisiones, salir de viaje, sabían leer, escribir, incluso podían decidir con quién casarse.

También eran comerciantes. Uno de los motivos de su expansión fue la búsqueda de clientes. En sus viajes llegaron a entrar en el Mediterráneo, norte de África, Costantinopla y llegaron a tierras eslavas, donde crearon el Reino de Rus de Kiev –de ahí el origen del nombre de Rusia por la palabra Rus que significaba tierra de remeros.

Los hombres del norte no llevaban cuernos en sus cascos, hubieran sido un peligro porque en batalla habrían sido ideales para que el enemigo pudiese agarrarse a ellos facilitándole la tarea de quitarles la vida. Los cascos eran cónicos, y podían ser de piel endurecida o de hierro. La mayoría llevaban protector nasal.

Los cuernos que sí usaban los vikingos, eran para beber en ellos o para alguna ceremonia religiosa.

 

En 1820, Gustav Malstrom ilustró el poema (Frithiofs Saga, de Esais Tegnér) con unos vikingos que llevaban cuernos en el casco. Este es el principal motivo por el que nos ha llegado la errónea imagen de los demoníacos vikingos con cuernos en sus cascos.