Santiago Ramón y Cajal (Petilla de Aragón, 1852-Madrid, 1934), uno de los cerebros más portentosos que ha dado el mundo moderno fue, de niño, muy mal estudiante. Era muy aficionado al dibujo, la pintura, la lectura y al deporte; pero no quería estudiar, y su padre, aburrido, le puso de aprendiz en una barbería y más tarde en una zapatería.

El joven Ramón

Con 18 años era un tipo totalmente diferente de como se pueda imaginar: un obseso del gimnasio y gran aficionado al culturismo. Tras esta etapa, según parece, le entraron unas ganas de estudiar, y a los 23 años se graduó como médico militar. Y como capitán fue destinado a Cuba a estudiar las fiebres que allí se desarrollaban.

Él mismo cayó enfermo de dichas fiebres, por lo que regresó a España. Se doctoró en Medicina, unos estudios muy difíciles sin ayuda de nadie.

Ramón y Cajal trabajando en su laboratorio

Ganó, por oposición, la cátedra de Anatomía de la Universidad de Valencia, y desde aquel momento, con el porvenir asegurado, se entregó por entero al estudio de los tejidos orgánicos del hombre, y de los animales. La ciencia que estudia esos tejidos se llama Histología.

Ramón y Cajal fue el mejor histólogo de su tiempo, y como tal ganó las cátedras de las Universidades de Barcelona y Madrid.

Santiago Ramón y Cajal

En el año 1888 fue a un congreso de Histología de Berlín. Los sabios que estaban allí reunidos lo recibieron mal; casi podríamos decir que con desprecio. Pero cuando empezó a explicar sus descubrimientos y a mostrar las preparaciones histológicas que llevaba, comprendieron que allí el único que sabía de Histología era él, y de tal modo lo ensalzaron y glorificaron, consagrado así como un genio.

Sus libros se traducían a todos los idiomas; los sabios le consultaban; los principiantes le pedían consejo; los editores se disputaban sus nuevas obras. Las universidades de Inglaterra, Francia, Alemania y Norteamérica le llamaban para que explicase en sus aulas.

Al fin, en 1906, se le concedió la más alta distinción científica del mundo: el Nobel.

Falleció el 17 de octubre de 1934, tras el agravamiento de una dolencia intestinal que debilitó su corazón.