A inicios del siglo I dC no había edificio en Roma más suntuoso, decorado e inmenso como la Domus Aurea, o “Casa de Oro”.

Era una residencia imperial de extremo lujo, tan grande y que abarcaba cientos de hectáreas en el lado norte de la ciudad de Roma.

Construida por el emperador Nerón en unos terrenos, inicialmente ocupados, pero que “gracias” a un terrible incendio (año 64 dC) que destruyó el centro de la ciudad, quedaron libres.

Había paredes enfundadas en mármol policromado, bóvedas y techos cubiertos de frescos vibrantes realizados por el artista Fabullus; piedras preciosas, marfil y oro, y jardines llenos de obras maestras de la escultura, traídas de Grecia y Asia Menor.

El historiador romano Tácito, alabó a los arquitectos del palacio, Severo y Celer, por tener el “ingenio y el coraje de probar la fuerza del arte incluso contra el veto de la naturaleza”.

A pesar de todo, la “Casa Dorada” del emperador nunca fue terminada. A la muerte de Nerón y dañada por el incendio del 104, fue cubierta con escombros por orden del emperador Trajano, medida que a la larga aseguró su conservación.

Al menos una parte de las estancias del palacio permaneció desconocida hasta el siglo XV, cuando un joven romano cayó accidentalmente a través de una hendidura y halló casualmente el acceso a una de las bóvedas tapadas bajo tierra. Las decoraciones murales descubiertas entonces fueron la inspiración de motivos murales durante el Renacimiento.

Nerón se suicidó en el año 68, y su muerte trajo a su fin la dinastía Julio-Claudia, que había comenzado con Augusto, y puso fin a un reinado que se recuerda por la lascivia excesiva, la crueldad y la violencia… y que llevaría a Roma a una guerra civil.